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 En cada segundo de la vida de un ser humano hay bacterias, virus y hongos que tratan de entrar al cuerpo para que sea su hogar permanente. Entonces, el cuerpo tiene un sistema efectivo, rápido e inteligente para protegerse de estas amenazas: el sistema inmune.

Este sistema está compuesto por una red de células, tejidos y órganos que coordinan la defensa del cuerpo humano en contra de cualquier amenaza. Sin la ayuda de este, cualquier pequeña lesión (como una cortada de papel) podría ser letal para el humano.

Esta defensa natural se puede dividir en dos: una parte del sistema inmune es con la que el humano nace, que empieza a funcionar desde el momento en que los bebés salen del vientre. La segunda parte del sistema inmune es la que se adapta, que es la que se desarrolla cuando el cuerpo se expone a microbios.

Cada una de estas dos partes funciona gracias a diferentes células protectoras que se crean en órganos específicos y tienen tareas concretas. Este sistema se ha perfeccionado a través de la evolución del humano y logra defender al cuerpo de ataques de diferentes bacterias, virus y hongos.

Los actores del sistema inmune

Como cualquier sistema del cuerpo, el inmune funciona con un trabajo en equipo en todo el cuerpo. Los glóbulos blancos, también llamados leucocitos, son los héroes del sistema inmune, pues son los que luchan directamente contra los gérmenes. Estos son apenas el 1% de las células en la sangre, pero su impacto es muy grande.

Cuando cierta área del cuerpo está bajo ataque, los glóbulos blancos son los que corren para destruir la sustancia peligrosa, también llamada antígeno, y prevenir una enfermedad. Estos son creados en la médula ósea y están guardados en la sangre y en el sistema linfático. De hecho, la vida de los leucocitos no es muy larga, apenas viven de 1 a 3 días, entonces el cuerpo siempre está haciendo nuevos.

Pero no todos los glóbulos blancos trabajan de la misma manera, de hecho hay muchos tipos. Algunos de estos son, por ejemplo, los monocitos que se encargan de atacar a las bacterias, los linfocitos que crean los anticuerpos para cualquier amenaza, los neutrófilos que matan a las bacterias y hongos, los basófilos que segregan un químico para avisar al cuerpo que hay agente infeccioso, y los eosinófilos que atacan parásitos y células cancerígenas.

Otros actores que hacen parte de la defensa inmunológica son la piel, que evita que los gérmenes entren al cuerpo, las membranas mucosas, que protegen órganos y cavidades atrapando los gérmenes y el sistema linfático, que incluye órganos como la médula ósea, el bazo y los ganglios linfáticos.

No son indestructibles

Entonces, si los glóbulos blancos son tan fuertes, ¿por qué los humanos se enferman? La respuesta más fácil es que las enfermedades aparecen cuando hay pocos leucocitos en la sangre o cuando estos no son lo suficientemente fuertes. Por ejemplo, puede haber algún agente destruyendo las células más rápido de lo que se crean, o algún microbio evitando que la médula ósea produzca nuevos glóbulos.

Concretamente, hay enfermedades y condiciones que pueden reducir los glóbulos blancos. Por ejemplo, un sistema inmune débil responde a enfermedades como el VIH, a tratamientos contra el cáncer o medicinas que reducen la producción.

Sin embargo, también es peligroso tener demasiados glóbulos blancos, pues esto puede indicar que existe una infección, que hay cáncer en la sangre (leucemia) u otros tipos de cáncer en el cuerpo. Otras condiciones como estrés extremo, el final de un embarazo o fumar, también puede causar una producción de glóbulos blancos excesiva.

¿Qué pasa cuando un microbio entra al cuerpo?

Cuando un agente infeccioso entra al cuerpo por algún orificio, herida abierta o de manera intravenosa, el sistema inmune lo reconocerá inmediatamente como un cuerpo ajeno que debe ser eliminado. Las primeras células que detectan el agente extraño son los fagocitos y linfocitos, que están navegando todo el tiempo por los tejidos del cuerpo.

Los fagocitos y linfocitos detectan al invasor, lo capturan dentro de la célula y lo empiezan a destruir en pequeños pedazos. Otra tarea importante que hacen es liberar unas moléculas que alertan a los otros actores del sistema inmune que hay algo extraño pasando en el cuerpo.

A veces esta primera barrera de células es suficiente para eliminar el invasor sin que haya recibido ayuda de otras, pero otras veces, cuando el agente infeccioso es más poderoso, los refuerzos deben entrar a ayudar.

La siguiente línea de defensa es la creación de anticuerpos en los glóbulos blancos, que son proteínas que se pegan al agente extraño y sirven para atacar, debilitar y destruir agentes infecciosos. Los anticuerpos tienen memoria de todo lo que han atacado y se entrenan para combatirlo en otra oportunidad.

La segunda vez que el antígeno entra al cuerpo, el sistema inmune tiene una respuesta más rápida y adecuada para destruirlo en poco tiempo. En pocas palabras, el cuerpo crea inmunidad.

Otra barrera de protección es la de los ganglios linfáticos (pequeños órganos que están en el cuello, las axilas, el abdomen y la ingle), que trabajan como filtros de los gérmenes. Cuando las células de los ganglios reconocen un agente extraño, se activan, se replican y salen en busca de la infección. Estos ganglios se inflaman como una respuesta inmune, por eso los doctores suelen revisarlos para detectar si el cuerpo tiene una infección.

Sin embargo, hay gérmenes y virus que logran adaptarse para sobrevivir en el cuerpo, evitar que el sistema inmune los reconozca y crean una enfermedad autoinmune.

Enfermedades autoinmunes

Puede ocurrir que exista una falla en el sistema inmunológico y este no pueda distinguir entre las células del cuerpo y las que no pertenecen a este, entonces en vez de luchar contra los agentes externos, ataca sus propias células y tejidos por error.

Este proceso se conoce como autoinmunidad y hace parte de las enfermedades llamadas autoinmunes como el lupus, la artritis reumatoide, la miositis o una simple alergia. Aunque no se sabe cuál es la causa de las enfermedades autoinmunes, la ciencia ha creado medicamentos que ayudan a combatirlas.

El papel de la ciencia

El sistema inmune es fuerte y está hecho para proteger a los humanos, sin embargo este puede tener sus fallas, por eso la ciencia ha sido un aliado para mejorar la calidad de vida de los humanos. Por ejemplo, para las enfermedades autoinmunes se pueden utilizar medicamentos como el metotrexato, que bloquea pasos específicos del proceso inmunológico.

También existen antibióticos, que deshabilitan o matan bacterias específicas ayudando al sistema inmune a combatir agentes externos. Esto también significa que un antibiótico que está hecho para una bacteria de la piel, no funcionará para una bacteria del estómago.

De hecho, utilizar un antibiótico incorrecto puede llevar a crear resistencia a este y en un futuro podría no funcionar en el cuerpo. Por eso, es importante el acompañamiento médico, tomarlo por el tiempo indicado y en la cantidad necesaria.

Las vacunas, por su parte, son una ayuda científica para que el sistema inmunológico se prepare para futuros ataques. Estas tienen partes de los microbios infecciosos que engañan al sistema inmune para pensar que ya ha combatido la enfermedad. Esta es una de las herramientas más efectivas para prevenir enfermedades.

Aunque los científicos han aprendido mucho del sistema inmune, aún se sigue estudiando la manera en la que el cuerpo responde a ataques foráneos. Con la ayuda de la tecnología se ha podido entender el rol de cada una de las células que componen los glóbulos blancos, que será de gran ayuda para combatir futuros virus, bacterias y hongos que aparezcan en el mundo.

Fuente: https://fifarma.org/

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